El día que 11 bebés recién bautizados murieron ahogados en el río Zapote

Crónica de una tragedia olvidada en Upala

El día que 11 bebés recién bautizados murieron ahogados en el río Zapote

Por Gerardo Quesada A.

17 de octubre de 2022

Era el 8 de marzo de 1957 y Upala apenas era una comunidad rural dispersa, en proceso de convertirse en distrito del cantón de Los Chiles. Las casas eran de bahareque, madera y zinc; los caminos eran de tierra, difíciles de transitar, y el acceso a muchas comunidades se daba a través de los ríos. El transporte más común era el caballo, el bote de remos o la caminata.

Aquel día era especial: se celebraba la festividad del Santo Patrono, San Juan de Dios. Como en muchas zonas alejadas del país en esa época, la visita de un sacerdote era todo un acontecimiento. Venía desde otros cantones y solo lo hacía unas pocas veces al año, lo cual convertía bautizos, misas y primeras comuniones en verdaderos actos comunitarios. En esta ocasión, el encargado era el padre Román Arrieta Villalobos, quien con el tiempo llegaría a ser arzobispo de San José y figura influyente de la Iglesia costarricense.

Desde lugares como San Isidro de Yolillal, Monte Cristo y San Rafael de Chimurria, familias enteras emprendieron viaje desde la madrugada. Las mujeres cargaban a sus bebés vestidos de blanco, muchos de ellos envueltos en mantillas bordadas a mano. El trayecto no era corto ni fácil. Para llegar a Upala había que tomar el río Zapote, ya que no existía la actual red vial que conecta los distritos. Las lanchas o botes de madera se movían gracias a la fuerza de los remos, conducidas por lugareños con gran experiencia en la corriente y los remolinos del caudal.

La ceremonia de bautizo se realizó en la antigua iglesia de Upala, un pequeño templo de madera donde hoy se ubica la actual parroquia. Terminada la misa, las familias regresaron al río para emprender el viaje de vuelta. En uno de los botes, sobrecargado de personas y cargado de la inocencia recién bendecida, ocurrió la tragedia.

A la altura de la Hacienda Los Ángeles, el bote se volcó. Según testigos como don Nacor Orozco, el río Zapote venía crecido, traicionero, y bastó una leve desestabilización para que todo se viniera abajo. En cuestión de segundos, el agua cubrió los gritos y se llevó 11 vidas diminutas y a una madre que intentó salvar a su hijo.

El silencio posterior fue tan profundo como el lamento que se propagó por la montaña. En una época sin Cruz Roja, sin Policía ni medios de comunicación locales, la noticia viajó boca a boca, de finca en finca, de camino en camino.

Los cuerpos fueron recuperados uno a uno, a mano, entre lágrimas, barro y desesperación. Fueron llevados a Upala por trocha, y velados en el Teatro Rubén Darío, ubicado frente al actual puente del Zapote. Aquel espacio, propiedad de don Abrahán Ruiz Brizuela, servía de sala de cine, salón comunal y, en esta ocasión, como capilla ardiente improvisada.

Algunos cuerpecitos pasaron primero por la casa de don Cristóbal Mendoza, un zapatero que vivía frente al puente, donde hoy está la tienda Sinaí. La gente llegaba con rosarios, cirios y mantas para despedirlos en silencio.

Uno de los testimonios más valiosos es el de don Martín Olivas Ortiz, quien oyó los relatos de parte de don Pormoy Campos, un habitante que presenció los hechos. Otro dato importante lo aporta don Alberto de Jesús Trujillo, quien recuerda que el bote era propiedad de don Julián Cruz Hernández, hijo de doña Clara Cruz, de Yolillal.

Upala en 1957: un pueblo en transición

En ese entonces, Upala no era aún cantón. Era una comunidad rural del distrito segundo del cantón de Los Chiles, en la provincia de Alajuela. La región era muy poco desarrollada y aislada del resto del país. No había electricidad ni agua potable en muchas casas; la educación se impartía en pequeñas escuelitas con pizarras de madera, y los servicios de salud eran prácticamente inexistentes.

Las actividades económicas giraban alrededor del cultivo de arroz, maíz, caña de azúcar, y la ganadería extensiva. Los vecinos vivían de lo que producían, y el comercio se limitaba a pequeñas pulperías. Las distancias se medían en horas a caballo, no en kilómetros.

La vida giraba en torno a la iglesia, la familia y la comunidad. Las tragedias como esta se grababan en la memoria colectiva y se transmitían de generación en generación. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchas de estas historias se han ido borrando, como las huellas en las orillas del río.

Una memoria que no debe morir

Hoy, a casi 70 años de distancia, solo queda una fotografía en blanco y negro que muestra los cuerpecitos de los niños. Una imagen dura, casi insoportable, pero necesaria para que no olvidemos lo que el río se llevó. Niños que habían sido bautizados esa misma mañana, celebrados por sus familias, y que nunca llegaron de regreso a casa.

La historia del 8 de marzo de 1957 no está en los libros, ni en los monumentos, pero vive en la voz de quienes aún la recuerdan. Y merece ser contada. Porque la memoria de un pueblo también se construye con sus lágrimas.