El caso de Douglas Sánchez reabre un debate incómodo pero necesario: ¿qué ocurre cuando un comunicador deja de informar para convertirse en protagonista? No es un fenómeno nuevo. A lo largo de la historia, el llamado “periodista estrella” ha traspasado la línea entre narrar los hechos y fabricarlos —o intervenir en ellos— con tal de mantener vigencia, audiencia o protagonismo.
El periodismo serio parte de un principio básico: el reportero no es el centro de la historia. Su rol es observar, investigar, contrastar y exponer con rigor. Cuando esa frontera se rompe, la ética profesional se debilita y la credibilidad del medio se pone en riesgo.
Casos que marcaron precedente
La historia internacional ofrece ejemplos claros de cómo el afán de reconocimiento puede desembocar en graves faltas éticas. En 1998, Stephen Glass, entonces reportero de The New Republic, fabricó artículos completos con fuentes y datos inexistentes. Su necesidad de impacto lo llevó a construir historias ficticias que terminaron por desacreditar su carrera.
Años después, Jayson Blair, del The New York Times, fue descubierto por plagiar y manipular información en múltiples reportajes. El escándalo no solo afectó su nombre, sino la reputación de uno de los periódicos más influyentes del mundo.
Más recientemente, Claas Relotius, de Der Spiegel, admitió haber inventado testimonios y escenas en numerosas crónicas. El caso sacudió al periodismo europeo y evidenció cómo el deseo de producir relatos “perfectos” puede degenerar en engaño sistemático.
Estos episodios no son aislados. Reflejan un patrón: cuando el periodista busca ser héroe o creador de la noticia, la verdad pasa a segundo plano.
El periodista héroe: ficción y realidad
El cine y la televisión han explotado durante décadas la figura del reportero protagonista. Películas y series presentan al comunicador como figura central en guerras mediáticas, investigaciones dramáticas y escenarios de alto riesgo. Aunque muchas producciones resaltan el valor del periodismo de investigación, también han contribuido a mitificar la imagen del comunicador como figura indispensable y casi épica.
Esa narrativa puede influir en ciertos profesionales que confunden notoriedad con credibilidad. El problema surge cuando el deseo de impacto supera los límites éticos.
Implicaciones éticas y legales
Los códigos deontológicos del periodismo, incluidos los principios de la Sociedad Interamericana de Prensa y normativas nacionales, establecen deberes claros: veracidad, independencia, responsabilidad y respeto a las personas involucradas en las noticias.
Cruzar la línea puede acarrear consecuencias legales. La legislación costarricense contempla responsabilidades civiles y penales en casos de difamación, calumnia, daño moral o manipulación informativa que afecte derechos fundamentales. Además, la pérdida de credibilidad suele ser irreversible en una profesión donde la confianza es el principal capital.
El caso nacional y la reflexión pendiente
En el contexto local, el debate ha resurgido tras señalamientos vinculados al tema de Costa Rica y a declaraciones del jerarca judicial Randall Zúñiga, lo que ha intensificado la discusión pública sobre límites, responsabilidades y ética profesional.
Más allá de nombres propios, lo que está en juego es la salud del periodismo en el país. Cuando el comunicador busca protagonismo por encima de la objetividad, se erosiona la confianza ciudadana y se fortalece la percepción de decadencia informativa.
La oportunidad de rectificar
En escenarios como este, la grandeza profesional no radica en justificar lo injustificable, sino en reconocer errores y corregirlos. Una disculpa oportuna puede no borrar el daño, pero sí demostrar compromiso con la ética.
El periodismo no necesita figuras narcisistas ni héroes autoproclamados. Necesita rigor, humildad y responsabilidad. En tiempos de desinformación y polarización, la credibilidad es el recurso más valioso. Perderla por protagonismo sería, sin duda, la mayor derrota.

