Iglesia Católica de Costa Rica reconoce abusos de menores por parte de cleros

Iglesia reconoce heridas y reafirma compromiso contra los abusos en Congreso Latinoamericano

San José, 3 de marzo de 2026. En el marco del Quinto Congreso Latinoamericano organizado por CEPROME Latinoamérica, la Iglesia Católica reiteró su compromiso con la prevención de abusos y la reparación a las víctimas, bajo el lema: “Entre la fe que sostiene, el cuidado que acompaña y la justicia que restaura”.

El mensaje central estuvo a cargo de Monseñor Javier Román Arias, obispo de Limón y presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica, quien habló con tono firme sobre la crisis de abusos que ha afectado a la Iglesia a nivel mundial y también en el país.

“Lo hacemos con el corazón herido, pero confiando plenamente en Dios”, expresó el prelado al iniciar su intervención ante obispos, sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos con la prevención.

Reconocimiento del dolor y llamado a la conversión

El jerarca señaló que el Congreso no es “un evento académico más”, sino un espacio para reconocer el sufrimiento causado por los abusos y asumir la responsabilidad de enfrentarlo con transparencia. Subrayó que Costa Rica no ha estado ajena a esta realidad y que la Iglesia ha experimentado dolor, vergüenza pública y desconfianza social.

“Debemos decirlo sin rodeos: la plaga del abuso es una traición al Evangelio”, afirmó, al tiempo que destacó que detrás de cada caso existe una persona cuya vida y entorno familiar resultan profundamente afectados.

Monseñor Román insistió en que la atención no puede limitarse a trámites administrativos, sino que debe incluir acompañamiento profesional, cercanía pastoral y seguimiento constante a las víctimas.

Justicia, transparencia y procesos responsables

Durante su mensaje, el obispo reiteró que en el país existen comisiones que reciben denuncias y que, cuando estas cuentan con fundamento serio, la Iglesia debe actuar sin miedo y colaborar con las autoridades civiles.

Al mismo tiempo, señaló que también existen acusaciones que no se sostienen y que la justicia exige procesos rigurosos, evitando juicios mediáticos o condenas anticipadas. “La verdad debe prevalecer, no los rumores”, indicó.

El presidente de la Conferencia Episcopal pidió además no olvidar que, aun cuando un sacerdote sea hallado culpable y deba enfrentar sanciones civiles y canónicas, sigue siendo una persona que requiere acompañamiento espiritual y un camino de arrepentimiento.

“Tolerancia cero” y coherencia eclesial

En su intervención recordó la postura del papa Francisco, quien ha promovido la política de “tolerancia cero” frente a los abusos y ha condenado el encubrimiento. Asimismo, mencionó el llamado del papa León XIV a fortalecer la transparencia y la coherencia moral como base de la credibilidad eclesial.

Monseñor Román agradeció a CEPROME Latinoamérica por impulsar espacios de formación y reflexión que permitan afrontar el problema sin evasivas y avanzar hacia una Iglesia más segura para niños, adolescentes y personas vulnerables.

El Congreso se desarrolla en tiempo de Cuaresma, un periodo que, según destacó el obispo, invita a la conversión sincera y a la reparación. “Solo la verdad nos hará libres, y solo una Iglesia purificada podrá anunciar con credibilidad la esperanza que proclama”, concluyó.

Ceprome

“Entre la fe que sostiene, el cuidado que acompaña y la justicia que restaura”

San José, 3 de marzo, 2026

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Mensaje de Monseñor Javier Román Arias

Obispo de Limón y Presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica

Buenas tardes hermanos obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos que han hecho de la prevención su apostolado en medio del mundo.

No podemos comenzar este encuentro con palabras suaves. Lo hacemos con el corazón herido, pero confiando plenamente en Dios y su Espíritu Divino que dirige el caminar de la Iglesia, incluso cuando las tormentas arrecian.

Este Quinto Congreso Latinoamericano, que celebraremos bajo el lema: “Entre la fe que sostiene, el cuidado que acompaña y la justicia que restaura”no es un evento académico más; es el clamor de una Iglesia que reconoce su dolor por los pecados cometidos y decide mirarlo de frente.

No es casualidad que nos encontremos aquí en el tiempo de la Cuaresma, cuando los creyentes somos invitados a la conversión sincera, al arrepentimiento y a la reparación por todo aquello que nos ha alejado de Dios y de los hermanos.

Costa Rica no está al margen de la realidad de los abusos que ha sacudido a la Iglesia en el mundo entero. Hemos llorado con las víctimas y sus familias, hemos soportado la vergüenza pública y hemos visto crecer la desconfianza.

Debemos decirlo sin rodeos: la plaga del abuso es una traición al Evangelio, una herida abierta en el Cuerpo de Cristo y una ofensa grave contra los pequeños y vulnerables que el Señor nos confió.

Detrás de cada caso hay un rostro y una historia que se fracturan. La víctima no sufre solo un momento de violencia; muchas veces retrocede años en su proceso humano y espiritual. Se quiebra su confianza, se altera su autoestima, se hiere su fe. También su familia carga consecuencias profundas: padres que se culpan, hermanos que no comprenden, hogares que se desestabilizan. La sanación es lenta, compleja, con avances y recaídas.

No podemos como seguidores del Maestro, limitarnos a escuchar y luego continuar como si nada. Debemos sufrir con quienes sufren, caminar su Viacrucis, acompañar con competencia profesional, cercanía pastoral y seguimiento constante. No basta abrir un expediente; hay que sostener una vida herida.

La Iglesia no es una institución como cualquier otra. Es el lugar donde todos debemos sentirnos seguros, amados, cuidados y acogidos. Por eso duele ver cómo, después de estos hechos, muchos se alejan, pierden la confianza y se marchan heridos. Debemos reconocer con humildad nuestra responsabilidad. En ocasiones dolorosas y puntuales no hemos sabido cuidar con suficiente vigilancia y ternura el rebaño que se nos encomendó. Y no hablamos solo del crimen del abuso sexual: también existen los abusos de poder, de conciencia y de autoridad espiritual. Todo ello hiere y oscurece el rostro de Cristo que deberíamos transparentar. Por eso, hoy, también yo pido perdón de corazón.

En nuestro país existen comisiones que reciben denuncias. No son fachada; son un compromiso real. Cuando se reciben denuncias formales, con testigos, evidencia y fundamento serio, debemos actuar sin miedo. Debemos colaborar con las autoridades civiles y asumir las responsabilidades. No hacerlo sería traicionar nuestra misión. Actuar con firmeza no destruye a la Iglesia; la purifica.

También hay denuncias que no se sostienen. Sí, llegan. Y debemos afirmarlo con la misma claridad. Existen acusaciones sin fundamento que pueden destruir la honra de personas honorables. Así como defendemos a las víctimas cuando hay pruebas, estamos obligados a proteger la dignidad de quien es señalado injustamente. La justicia exige procesos serios, no condenas anticipadas ni juicios mediáticos; exige verdad, no rumores.

Hay otra realidad que no podemos ignorar. Cuando un sacerdote cae, muchas veces desaparece de nuestra memoria. Nos incomoda, nos avergüenza. Sin embargo, sigue siendo un hijo de la Iglesia. Ciertamente debe asumir las consecuencias civiles y canónicas, pero no deja de ser un alma necesitada de conversión y acompañamiento. ¿Lo visitamos? ¿Oramos por él? ¿Le ofrecemos asistencia espiritual?

Como no podemos abandonar a la persona que ha sido víctima tampoco podemos hacerlo con la persona culpable. A la víctima le debemos justicia y reparación; al culpable, además de la sanción, un camino serio de arrepentimiento, que es, en el fondo, auténtica misericordia cristiana.

Que nadie piense que quienes estamos aquí somos los “purificados”. También somos pecadores. Podemos fallar si descuidamos la oración, si debilitamos la vida interior o si permitimos que el poder sustituya el servicio. La vigilancia comienza en el propio corazón. La conversión es personal y permanente.

El Magisterio es claro. El Papa Francisco habló con firmeza de “tolerancia cero” y denunció el encubrimiento como una herida adicional para las víctimas. El Papa León XIV ha insistido en que la credibilidad eclesial depende de la transparencia y la coherencia moral de sus ministros. No son declaraciones diplomáticas; son exigencias evangélicas.

Agradecemos profundamente a CEPROME Latinoamérica por este esfuerzo valiente, de poner el tema sobre la mesa sin evasivas y ayudarnos a no esconder la herida bajo el silencio. Enfrentar el dolor es el primer paso hacia la sanación y la necesaria reparación.

Que Dios nos conceda serenidad para escuchar, sabiduría para discernir y ánimo para continuar en esta tarea. No podemos vacilar ni retroceder. Solo la verdad nos hará libres, y solo una Iglesia purificada podrá anunciar con credibilidad la esperanza que proclama.

Y ahora, levantemos la mirada. Miremos a Cristo. Miremos al Buen Pastor herido.

Si queremos sanar, debemos volver al Corazón traspasado del Señor. De Él nace la valentía para reconocer el pecado, la humildad para pedir perdón y la fuerza para no repetir los errores.

Que este Congreso no sea solo reflexión o diálogo. Que sea conversión. Que sea reparación.
Que sea fidelidad renovada a Cristo y a los pequeños que Él nos confió.

Gracias.

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