El obispo de Ciudad Quesada, monseñor José Manuel Garita Herrera, hizo un llamado a la sociedad costarricense a fortalecer el diálogo, el respeto y la búsqueda de acuerdos como herramientas para enfrentar las diferencias y construir un país más justo y unido.
En su más reciente reflexión, publicada este martes 18 de agosto de 2026 en el boletín Fermento N.° 438, bajo el título “La justicia nos exige encontrarnos”, el jerarca señaló que hablar de justicia implica garantizar condiciones concretas para que todas las personas puedan vivir con dignidad.
Garita Herrera destacó que las diferencias económicas, sociales y de responsabilidades no deben convertirse en barreras que condenen a determinadas personas o sectores a permanecer en desventaja.
El obispo también subrayó la importancia de preguntarse qué le corresponde al otro, cuáles son sus derechos y qué condiciones necesita para desarrollar una vida digna.
En uno de los principales llamados de su reflexión, afirmó que Costa Rica necesita “menos descalificación y mayor capacidad de encuentro; menos imposición y más escucha”, además de un mayor compromiso con el bien común.
El jerarca sostuvo que el diálogo requiere respeto y humildad, así como disposición para escuchar y buscar puntos de encuentro. A su criterio, las diferencias legítimas no deben convertir a los ciudadanos en adversarios incapaces de escucharse.
Garita Herrera recordó además que Costa Rica ha construido importantes acuerdos sociales mediante el encuentro y la búsqueda del bien común, por lo que consideró necesario recuperar esa capacidad en momentos marcados por tensiones y posiciones enfrentadas.
Finalmente, pidió a Dios que las diferencias no se conviertan en obstáculos para el diálogo y que la justicia, la igualdad de dignidad y la búsqueda del bien común permitan avanzar hacia una sociedad en la que las personas no tengan que progresar a costa de los demás.
Texto íntegro de la reflexión
La justicia nos exige encontrarnos
Hablar de justicia es hablar de una aspiración fundamental de toda la sociedad. Queremos un país donde cada persona sea respetada, donde existan oportunidades para salir adelante y donde nadie quede relegado o excluido. Pero la justicia no puede limitarse a una aspiración o a un discurso; debe traducirse en decisiones, actitudes y condiciones concretas que permitan a todos vivir con dignidad.
La justicia comienza precisamente por reconocer esa dignidad. Podemos pensar distinto, tener historias, condiciones económicas, responsabilidades y oportunidades diferentes, pero compartimos una misma dignidad humana. Ninguna diferencia debería convertirse en motivo para considerar a unos más importantes que otros o para negar a alguien las posibilidades necesarias para desarrollarse plenamente.
¿Qué le corresponde al otro?
El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia recuerda que la justicia consiste en la voluntad constante y firme de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido (cfr. n. 201). Esta afirmación nos plantea una responsabilidad que va más allá de reclamar aquello que consideramos nuestro.
Una sociedad justa también sabe preguntarse qué le corresponde al otro, cuáles son sus derechos y qué condiciones necesita para llevar una vida digna.
Hablar de igualdad no significa pretender que todos somos idénticos ni desconocer nuestras diferencias. Significa procurar que esas diferencias no se conviertan en barreras que condenen a determinadas personas o sectores a permanecer siempre en desventaja.
Una sociedad verdaderamente justa procura oportunidades y presta particular atención a quienes encuentran mayores obstáculos para salir adelante.
El pasado 2 de agosto, a los pies de Nuestra Señora de los Ángeles, hice un llamado para que Costa Rica vuelva a estar “reconciliada consigo misma”, para tener una nación “donde disminuya la violencia porque crece el respeto por la vida, donde haya más oportunidades para los pobres, donde los jóvenes puedan recuperar la esperanza y las familias vuelvan a encontrarse; un país donde prevalezca la cultura del encuentro, la unidad y la paz”.
Costa Rica ha construido a lo largo de su historia importantes acuerdos sociales mediante el encuentro y la búsqueda del bien común. Esa capacidad de encontrarnos no debería perderse. En momentos de diferencias profundas, tensiones o posiciones enfrentadas, necesitamos recordar que seguimos compartiendo una misma casa.
El diálogo exige respeto
El diálogo verdadero exige respeto, pero también humildad. Supone llegar a la mesa no solamente preparados para hablar, sino también dispuestos a escuchar en procura de la unidad.
Nuestro país necesita menos descalificación y mayor capacidad de encuentro; menos imposición y más escucha; menos defensa exclusiva de intereses particulares y mayor compromiso con el bien común. Necesitamos tender puentes capaces de acercar posiciones y buscar acuerdos que, aun sin satisfacer completamente a todos, permitan avanzar como sociedad.
Pidamos al Señor que nuestras legítimas diferencias no nos conviertan en adversarios incapaces de escucharnos. La justicia, la igualdad de dignidad, el diálogo y la búsqueda del bien común pueden ayudarnos a construir un país donde nadie tenga que avanzar a costa de los demás. Sentarnos a conversar no resolverá automáticamente nuestros problemas, pero será siempre mejor que acostumbrarnos a vivir separados, enfrentados e indiferentes unos de otros.
