“Hay sueños de sueños “

Dicen, con razón, que nadie debería sentirse con autoridad moral para juzgar los sueños, decisiones o aspiraciones de otra persona. Cada ser humano tiene derecho a buscar una vida mejor, a cruzar fronteras, a empezar de nuevo y a luchar por su familia.

Pero también hay sueños de sueños.

Unos nacen de la necesidad, del sacrificio, del deseo legítimo de sacar adelante a los hijos y construir un futuro mejor. Otros pueden terminar confundiendo el éxito con el dinero, la fama, la apariencia, los seguidores y el poder.

El caso del costarricense Carlos Josué Marchena Marchena, de 36 años, fallecido mientras permanecía bajo custodia migratoria en Estados Unidos, merece un capítulo aparte. Según su familia y personas cercanas, había llegado a ese país buscando mejores oportunidades para sus hijos y, antes de morir, su deseo era regresar a Costa Rica.

Hay aquí una tragedia humana que no necesita adornos.

Un hombre que soñó con una vida mejor terminó muriendo lejos de su patria. Su familia ahora intenta conocer exactamente qué ocurrió y busca la manera de llevar sus restos a Costa Rica.

En otro escenario está el caso del creador de contenido costarricense Juan Valverde, cuya detención en Estados Unidos ha generado también una discusión sobre fama, redes sociales, migración y responsabilidad.

No corresponde aquí establecer quién tenía un sueño “más noble” o “más admirable”. Comparar tragedias, circunstancias personales o aspiraciones humanas como si fueran una competencia sería perder de vista lo verdaderamente importante.

Lo que sí corresponde discutir es otra cosa: la responsabilidad individual.

Las redes sociales nos han acostumbrado peligrosamente a confundir exposición con éxito. Tener seguidores no equivale a tener formación. Tener miles de “likes” no significa tener valores. Ser conocido no convierte automáticamente a nadie en ejemplo. Y aparecer todos los días en una pantalla no transforma a una persona en alguien digno de imitación.

Aquí es donde nuestra sociedad debería detenerse.

El filósofo francés Guy Debord, en La sociedad del espectáculo, analizó precisamente una sociedad en la que la imagen termina ocupando un lugar central en la vida social: ya no importa solamente lo que somos o hacemos, sino aquello que mostramos y cómo somos percibidos.

Décadas después, el comunicólogo Neil Postman advertía en Amusing Ourselves to Death sobre el peligro de convertir la información, el debate público y hasta la educación en entretenimiento. Su preocupación era que una sociedad acostumbrada a consumirlo todo como espectáculo terminara perdiendo capacidad para distinguir entre lo importante y lo simplemente llamativo.

Hoy esa advertencia parece especialmente pertinente.

Vivimos rodeados de una cultura de lo inmediato: queremos resultados rápidos, dinero rápido, fama rápida, reconocimiento rápido y éxito sin conocer necesariamente el camino que existe detrás de ese éxito.

Pero la vida no funciona así.

Una carrera universitaria no se obtiene en un mes. Una profesión no se construye con una fotografía. Una empresa no se levanta solamente con seguidores. La credibilidad no aparece por acumulación de “likes”. Y la formación humana no se descarga desde una aplicación.

El sociólogo Zygmunt Bauman estudió una sociedad marcada por el consumo, la movilidad y relaciones cada vez más frágiles, en la que incluso la identidad puede terminar vinculada con la lógica de consumir y ser consumido.

Ese es precisamente uno de los peligros de esta época: terminar creyendo que parecer exitoso es lo mismo que ser exitoso.

Y no lo es.

El verdadero éxito puede ser mucho menos espectacular: estudiar durante años, trabajar honestamente, cumplir una responsabilidad, cuidar a los hijos, respetar al vecino, aprender un oficio, terminar una carrera, levantar un negocio, pagar una deuda, ayudar a los padres o simplemente regresar cada noche a casa con la conciencia tranquila.

Eso no siempre se vuelve viral.

Pero tiene mucho más valor que una cifra de seguidores.

Las propias organizaciones dedicadas a la educación y a la comunicación advierten sobre la necesidad de desarrollar pensamiento crítico frente al ecosistema digital. UNESCO considera hoy la alfabetización mediática e informacional una competencia esencial para acceder, analizar, evaluar y utilizar la información de manera crítica, ética y responsable.

Y hay razones para preocuparse. Una investigación publicada en Computers in Human Behavior encontró que las distracciones de las redes sociales pueden interferir con distintos procesos de atención. Eso no significa que las redes sean malas por sí mismas, pero sí demuestra que no son un territorio neutral y que requieren un uso consciente.

Por eso también tenemos que mirar nuestra responsabilidad como medios.

No podemos convertir a cualquier persona que consigue exposición en una especie de héroe contemporáneo. Tampoco debemos presentar como modelo de vida aquello que solamente tiene apariencia de éxito.

Los medios y las redes tenemos poder.

Podemos informar, pero también podemos fabricar ídolos.

Podemos mostrar una realidad, pero también podemos contribuir a maquillarla.

Podemos contar una historia humana sin convertirla en una glorificación de conductas irresponsables.

Y aquí hay una línea que no deberíamos cruzar: los delitos son delitos en cualquier parte del mundo y las leyes de cada país deben respetarse.

Eso no significa desconocer las circunstancias humanas, sociales o migratorias de cada persona. Significa entender que las circunstancias pueden explicar una conducta, pero no necesariamente eliminan sus consecuencias.

Quien comete un error debe asumirlo. Quien infringe una ley debe responder conforme al ordenamiento jurídico correspondiente. Y quien se equivoca debe tener la posibilidad de aprender, reparar y volver a empezar.

La migración, además, no es un camino igual para todos. Hay personas que parten con recursos, educación, contactos y oportunidades; otras lo hacen con una maleta pequeña, enormes necesidades y prácticamente ninguna red de apoyo.

No todos tienen las mismas posibilidades.

Pero todos tenemos una responsabilidad sobre las decisiones que tomamos.

Por eso, quizá una buena receta para quienes aspiran a convertirse en influencers, creadores de contenido o figuras públicas debería comenzar mucho antes de encender una cámara: educación, lectura, formación, pensamiento crítico, trabajo, perseverancia y valores.

Que nuestros jóvenes entiendan que no hay nada malo en soñar en grande.

Al contrario.

Hay que soñar.

Hay que querer una casa mejor, un trabajo mejor, una profesión, una empresa, un viaje, una vida digna y un futuro distinto para los hijos.

Pero también hay que aprender que el camino importa tanto como la meta.

No necesitamos una sociedad que abandone sus sueños.

Necesitamos una sociedad que vuelva a distinguir entre el éxito y la apariencia de éxito; entre admirar y endiosar; entre informar y convertir a alguien en ídolo; entre tener fama y tener mérito.

Carlos Josué Marchena tenía derecho a soñar con una vida mejor.

Todos tenemos ese derecho.

Lo que debemos recuperar como sociedad es la convicción de que los sueños también tienen caminos: caminos de esfuerzo, estudio, honestidad, respeto, responsabilidad y perseverancia.

Porque al final, no hay sueño americano, costarricense o de cualquier otra nacionalidad que justifique perder de vista lo más básico: el respeto por los demás, por la ley y por nuestra propia dignid