Sury Benavides: 13 años sin su voz, pero con su acordeón vivo en la memoria de San Carlos

La cantante sancarleña convirtió las rancheras mexicanas en parte del alma de un pueblo que todavía recuerda su voz, su estilo irrepetible y una despedida marcada por las lágrimas, los mariachis y la lluvia de octubre.

Ciudad Quesada, San Carlos.— Hay despedidas que el tiempo no consigue borrar. Algunas quedan guardadas en fotografías; otras, en canciones que vuelven a sonar cuando la nostalgia aprieta el corazón. Y hay voces que, aunque se apaguen, continúan recorriendo los caminos de un pueblo que se resiste a olvidarlas.

Este 20 de octubre se cumplen 13 años de la muerte de Sol Ángel Benavides Blanco, conocida popularmente como Sury Benavides, una de las figuras más singulares de la música popular de la Zona Norte y un símbolo del folclor sancarleño.

Su acordeón dejó de sonar aquel domingo 20 de octubre de 2013, cuando un derrame cerebral acabó con su vida a los 52 años. Sin embargo, su música, su manera de interpretar las rancheras mexicanas y su personalidad permanecieron en la memoria de quienes la escucharon cantar en bares, salones y escenarios de la región.

Hoy, al cumplirse un nuevo aniversario de su partida, volvemos a aquella crónica escrita durante su muerte y sepelio. Un relato que reconstruye no solo la despedida de una artista, sino también el cariño de un pueblo que salió a las calles para acompañarla hasta su última morada.

Una mujer que vivió a su manera

Sury vivió como quiso, sin demasiadas explicaciones, sin esconder su personalidad y sin someterse a los moldes que otros pretendían imponerle.

Cantaba y tocaba el acordeón con un estilo propio, visceral y espontáneo. Cuando subía a un escenario, vestida con pantalón y camisa vaquera, botas y atuendos de charro mexicano, parecía transformarse. Zapateaba, se entregaba a la música y dejaba que la voz y el instrumento expresaran sentimientos que iban mucho más allá de las palabras.

Sus rancheras hablaban de amor, desamor, pobreza, sufrimiento y muerte. Eran historias de gente sencilla, de esas que conocen las dificultades de la vida y encuentran en una canción una forma de desahogarse.

En sus manos, el acordeón parecía llorar. Su voz, áspera e inconfundible, tenía la capacidad de convertir una interpretación en una experiencia compartida con el público.

No necesitaba grandes escenarios ni sofisticados equipos de sonido para conquistar a la gente. Bastaba con que comenzara a tocar para que los presentes se acercaran, cantaran con ella y celebraran a aquella mujer que había hecho de la música ranchera una expresión de su propia vida.

Sury no imitaba a nadie. Tenía su propio sello, una forma particular de interpretar y una presencia que la distinguía de cualquier otra cantante.

El acordeón que aprendió a hablar a los 12 años

Su historia con la música comenzó desde muy joven. Aprendió a tocar el acordeón gracias a su hermano Rafa Benavides, quien descubrió en ella una facilidad extraordinaria para el instrumento.

La música también corría por las venas de su familia. Su padre, el recordado Francisco Benavides, conocido como Paco, fue músico, al igual que algunos de sus hermanos y descendientes.

Rafa recordaba que Sury tenía una habilidad natural para tocar y cantar. Más adelante, le regaló un acordeón de marca Hohner y compartió con ella experiencias musicales, incluso durante la época en que tocaba con su agrupación, Rafa Benavides.

Pero Sury encontró su propio camino.

Con el paso de los años, aquella muchacha que aprendió a tocar siendo niña se convirtió en una intérprete capaz de llenar bares y salones. Su público no estaba compuesto únicamente por aficionados a la música mexicana: también llegaban agricultores, trabajadores, familias, amigos y vecinos que encontraban en sus presentaciones una oportunidad para cantar, reír y compartir.

La ranchera encontró en ella una voz profundamente ligada a la identidad popular de San Carlos.

El 21 de octubre: San Carlos salió a despedirla

Un día después de su muerte, el lunes 21 de octubre de 2013, la tristeza se convirtió en una multitudinaria despedida.

Desde distintos rincones del cantón llegaron personas que querían acompañar a Sury por última vez. Había agricultores con sus botas de hule, propietarios de bares, músicos, amigos, políticos, adultos mayores, religiosos, familiares y vecinos que la habían visto actuar durante años.

Cuatro mariachis se sumaron al homenaje.

La Catedral de Ciudad Quesada se llenó de gente. Muchos llegaron movidos por la amistad; otros, por la admiración hacia una mujer que había logrado ocupar un lugar especial en el corazón de la comunidad.

En su féretro, Sury fue vestida con atuendos mexicanos y de charro, tal como había expresado que quería ser recordada.

No hubo una despedida convencional. Su partida tenía que estar acompañada de aquello que le había dado sentido a su vida: la música.

Durante la misa, oficiada por el presbítero Marcos Solís, se reflexionó sobre lo pasajero de la existencia y la importancia de comprender que los bienes materiales no acompañan a nadie después de la muerte.

Pero afuera, en medio de la tristeza, las rancheras seguían esperando su turno.

«Cucurrucucú Paloma» para una voz que se apagaba

Al concluir la ceremonia religiosa, una canción grabada por la propia Sury acompañó su despedida: Cucurrucucú Paloma.

La melodía resonó en la catedral mientras familiares, amigos y seguidores se acercaban para contemplarla por última vez.

Había celulares levantados para guardar una última imagen, rostros desencajados y lágrimas que no necesitaban explicación.

Los mariachis volvieron a interpretar canciones rancheras. Entre ellas estaba una de las favoritas de Sury: Puño de Tierra, popularizada por Antonio Aguilar.

La canción parecía resumir su particular manera de entender la existencia: disfrutar la vida mientras se tiene, porque al final nadie se lleva las posesiones materiales.

«El día que yo me muera no voy a llevarme nada», dice uno de sus versos más recordados.

Y aquel día, mientras los músicos cantaban, las palabras adquirieron otro significado. Ya no eran simplemente parte del repertorio de una artista: se habían convertido en una despedida para la mujer que tantas veces las interpretó frente a su público.

La última caminata hacia el cementerio

El féretro salió de la catedral y fue llevado en hombros por familiares, hermanos, músicos y amigos rumbo al cementerio de Ciudad Quesada.

Una tumba cocos acompañaba la caravana con las canciones de Sury a todo volumen.

La ciudad parecía detenerse a su paso. Algunas personas salían de sus casas para observar el cortejo; otras se acercaban para averiguar qué sucedía y terminaban reconociendo a la artista que estaba siendo despedida.

En el sector conocido como Bajo del Zoncho, un hombre hablaba por teléfono desde el corredor de su casa. La bulla de la caravana le impedía escuchar con claridad.

Tuvo que explicar que no podía conversar bien porque estaban llevando a enterrar a Sury.

Era una escena sencilla, casi cotidiana, pero reflejaba hasta qué punto su despedida se había convertido en un acontecimiento para la comunidad.

La música acompañaba el recorrido. Las canciones que durante años habían animado bares y reuniones ahora sonaban detrás de un féretro.

Era la última presentación de Sury ante su pueblo, aunque esta vez ella ya no podía cantar.

La lluvia de octubre y el último «Puño de Tierra»

Cuando el cortejo llegó al cementerio de Ciudad Quesada, la lluvia comenzó a caer.

Octubre suele ser un mes lluvioso en San Carlos, pero aquella tarde el agua parecía mezclarse con el dolor de quienes habían llegado para despedirla.

Nadie quiso marcharse.

Su ataúd fue colocado en una bóveda donde descansaban los restos de sus padres: Francisco Benavides, Paco, también músico, y Dulcelina Blanco.

Allí, bajo la lluvia, los mariachis continuaron cantando Puño de Tierra.

Las voces se mezclaban con el sonido de las gotas que caían sobre el cementerio. Familiares, amigos y seguidores permanecían cerca de la tumba mientras la canción llegaba a sus últimos versos.

Sury había nacido 52 años antes en San Vicente de Ciudad Quesada. Regresaba ahora a su tierra para descansar junto a sus padres, después de una vida en la que la música fue compañera, refugio y forma de expresión.

La lluvia siguió cayendo sobre el lugar que guardaría sus restos.

Y el acordeón, por primera vez en muchos años, permaneció en silencio.

«Sury representó la música viva»

Para el profesor de música Marco Mora, la muerte de Sury significaba mucho más que la desaparición de una cantante.

«Sury representa el folclor popular, la voz y jerga del pueblo. Su voz y música han trascendido. Representa la música viva, llena de alegría, por eso el pueblo hoy viene a despedirla», expresó durante aquella jornada.

Mora consideraba que la artista se había adelantado a intérpretes como Pedro Infante, Antonio Aguilar, Gilberto Hernández y Memo Neira, dentro de la tradición musical que ella admiraba.

También destacó su mística, su personalidad artística y una manera de interpretar que difícilmente podía reproducirse.

Para él, San Carlos despedía a una grande de la música popular.

Y no era una exageración: la multitud que llenó la catedral y acompañó el féretro hasta el cementerio daba cuenta de una conexión que iba más allá del espectáculo.

Una hermana, una amiga y una mujer de corazón humilde

Rafa Benavides, su hermano y compañero de música, encontraba difícil resumir quién había sido Sury.

La recordaba como una persona especial, humilde, sincera y de gran corazón. También conocía mejor que nadie aquella facilidad que tenía desde niña para cantar y tocar el acordeón.

Su historia estaba ligada a una familia trabajadora, donde la música convivía con las labores del campo y la vida cotidiana.

Orlando Chinchilla, compositor e integrante de mariachi, también recordaba su carácter y su talento.

En una ocasión, mientras tocaba en un bar que Sury tenía en Montecristo de Aguas Zarcas, ella se animó a tocar el acordeón durante un buen rato. Luego, en medio de la espontaneidad que la caracterizaba, lo retó a hacer lo mismo que ella.

Chinchilla le respondió que no podía imitarla porque tenía su propio estilo.

Aquella anécdota retrataba una de sus principales características: Sury no necesitaba parecerse a nadie para ganarse al público.

Según Chinchilla, tenía la capacidad de llenar salones y bares, hacer cantar a la gente y convertir a los asistentes en parte de sus presentaciones. Si necesitaba a alguien para acompañarla con el güiro, no dudaba en entregárselo a alguno de los presentes.

La música, para ella, no establecía distancias entre el escenario y el público.

Marlene Rodríguez, amiga suya durante los años en que vivió y trabajó musicalmente en Guanacaste, la recordaba como una mujer querida, sincera, abierta y solidaria. Según relató, Sury solía colaborar cuando alguna institución necesitaba ayuda.

«Vivió como quiso», resumió su amiga.

Una frase breve que también sirve para describir la vida de una mujer que nunca dejó de imprimir su personalidad en lo que hacía.

De San Vicente al corazón de un pueblo

Sury fue la penúltima de una familia de 15 hermanos, integrada por nueve hombres y seis mujeres. Además de cantante y acordeonista, trabajó en la agricultura y sembró hortalizas junto con sus hermanos.

Su historia no nació entre lujos ni grandes escenarios. Surgió en una familia humilde y trabajadora, en una comunidad donde las canciones rancheras encontraron terreno fértil para convertirse en parte de la vida cotidiana.

Esa cercanía con la gente fue, probablemente, una de las claves de su legado.

Sury no era una artista distante. Era parte del pueblo que la escuchaba, de los bares que llenaba, de las reuniones en las que su acordeón hacía cantar a los presentes y de las historias que se contaban de boca en boca.

Por eso, cuando murió, San Carlos no despidió solamente a una cantante. Despidió a una mujer que había construido una identidad musical propia y que logró convertir sus interpretaciones en recuerdos compartidos.

Trece años después, la memoria sigue cantando

Han pasado 13 años desde aquel 20 de octubre de 2013.

El tiempo ha seguido su curso. Las generaciones cambian, algunos escenarios desaparecen y muchas de las personas que estuvieron aquel día en la catedral conservan en su memoria la imagen de aquella despedida bajo la lluvia.

Pero hay recuerdos que regresan cuando alguien vuelve a escuchar una ranchera mexicana, cuando suena un acordeón o cuando se pronuncia su nombre en una conversación entre sancarleños.

Sury Benavides fue una artista de estilo irrepetible, una mujer que llevó la música ranchera a su manera y que encontró en el pueblo su escenario más importante.

Su voz se apagó, pero su historia sigue formando parte de la memoria cultural de San Carlos.

Quizá por eso, al recordar aquella última despedida, las palabras de Puño de Tierra continúan teniendo sentido. La vida pasa, las posesiones quedan atrás y, al final, son los recuerdos los que permanecen.

A Sury la acompañaron sus hermanos, sus amigos, los mariachis y una multitud que no quiso dejarla partir en silencio.

La despidieron con las canciones que amaba, bajo la lluvia de octubre, junto a sus padres y en la tierra donde nació.

Hoy, 13 años después, su acordeón ya no suena en los escenarios de San Carlos. Pero mientras alguien recuerde su voz, cante una de sus rancheras o cuente la historia de aquella mujer que vivió a su manera, Sury Benavides seguirá tocando en la memoria de su pueblo.