Altamira de Aguas Zarcas: un campo anónimo que se volvió histórico en la Revolución del 48

Las extensas llanuras de Altamira, en Aguas Zarcas de San Carlos, parecían en 1948 un rincón olvidado de Costa Rica: praderas abiertas, tierras de pastoreo, algunas casas dispersas y el aire tranquilo de la vida campesina. Sin embargo, aquel escenario rural se convirtió, de pronto, en protagonista de la última guerra civil que vivió el país.

Durante la Revolución de 1948, el Ejército de Liberación Nacional vio en Altamira un punto estratégico. Allí improvisaron una pista aérea que serviría para abastecerse de armas y consolidar el dominio sobre el norte y el Caribe, zonas que permanecían bajo el control del gobierno de Teodoro Picado. La pequeña pista de tierra se convirtió en la vía de entrada de avionetas que llegaban desde San Isidro del General, otro de los frentes importantes de la lucha.

El propio José Figueres Ferrer, líder del movimiento y tres veces presidente de la República, relató en su libro El Espíritu del 48 dos sucesos que marcaron a Altamira y que muestran lo decisivo de aquella improvisada base aérea.

El primero de ellos ocurrió cuando aviadores gobiernistas descubrieron la existencia de los aparatos de los rebeldes. El gobierno de Picado, desesperado por neutralizarlos, buscó información en Guatemala y en otros aeropuertos costarricenses. Fue entonces cuando un avión oficial sobrevoló Altamira con la misión de destruir las naves del Ejército de Liberación. El aparato lanzó bombas y ráfagas de ametralladora contra los hombres de Figueres, quienes respondieron desde tierra y lograron impactarlo. La aeronave terminó estrellándose en Altamira, en el cantón de Alfaro Ruiz, con su piloto Sherman Wilson y ocho acompañantes. Figueres los describió como una “selección de maleantes”, lo que muestra el desprecio con que veía a quienes defendían al régimen.

El segundo incidente sucedió a la mañana siguiente. Un caza AT-6 del gobierno apareció en actitud de inspección, mientras los aviones figueristas despegaban rumbo a Limón. La naturaleza jugó a favor de los rebeldes: un banco de nubes densas permitió que las aeronaves del Ejército de Liberación se ocultaran y prosiguieran su ruta. El caza oficial desapareció en la neblina y nunca más se supo de él ni de su tripulación. Para los combatientes de Figueres, aquello fue interpretado como un acto providencial, una señal de que la causa que defendían contaba con la protección del destino.

La revolución no se limitó a los cielos. En tierra firme, las comunidades de Aguas Zarcas y Venecia fueron escenario de enfrentamientos entre los figueristas y las fuerzas leales al gobierno. San Carlos, por aquel entonces la región más poblada de la Zona Norte, se vio sacudida por la guerra, con campesinos y familias enteras obligados a presenciar tiroteos y movimientos de tropas en sus propios pueblos.

En Ciudad Quesada, además, se libraron choques armados contra soldados del gobierno que contaban con un refuerzo particular: militares enviados por el dictador nicaragüense Anastasio Somoza, en respuesta a la solicitud de ayuda de Teodoro Picado. Estos hombres llegaron a territorio sancarleño por vía aérea y se unieron a los combates, lo que dio a la guerra un carácter internacional en la frontera norte.

Finalmente, aquellas batallas en San Carlos y el norte del país fueron las últimas brazadas de resistencia del gobierno de Picado. La caída de Cartago selló la derrota oficialista y abrió paso al nacimiento de la Segunda República. Con ella llegó la abolición del ejército, una de las decisiones más trascendentales en la historia nacional.

Hoy, Altamira parece haber regresado a la calma de siempre: campos verdes, ganado pastando y un aire de vida rural que poco deja ver de su pasado bélico. Pero en su memoria, y en la memoria del país, quedó marcada como un escenario crucial donde se jugó parte del destino de Costa Rica.