Los nuevos jugadores: ¿Dónde quedó el amor por la camiseta, los jugadores de Italia 90?

Algo se ha roto en la Selección Nacional. No es solo el marcador, ni la tabla, ni el fracaso reciente que aún escuece: es la sensación de que los nuevos seleccionados ya no lo dan todo en la cancha. Se ha perdido algo más profundo: el amor por la camiseta, el deseo de competir y ese orgullo puro de representar a la patria.

Hoy pareciera que para muchos jugadores pesan más los selfies, las ropas de marca, las historias en redes y los viajes que la responsabilidad de defender los colores nacionales. Hay una desconexión evidente entre lo que la afición espera y lo que se entrega en el terreno de juego. Falta esa garra que antes era sello de identidad del futbolista tico.

La competitividad es débil, las ganas de trascender parecen apagadas y el sueño de clasificar a un mundial ya no se siente como una misión nacional, sino como un trámite incómodo para algunos. Y es imposible no comparar: estos nuevos jugadores están muy lejos de aquellos que nos dieron alegrías inmensas en Italia 90, cuando no había lujos, ni cámaras en cada bolsillo, ni contratos internacionales que nublaran la ambición. Allí lo que reinaba era la pasión, el sacrificio y el compromiso total.

Vivimos otros tiempos, sí, pero eso no puede ser excusa. El fútbol evoluciona, las condiciones cambian, pero la entrega no debería negociarse. Un país entero sigue esperando actitud, coraje y respeto por la camisa.

Quizá ha llegado la hora de reinventar el fútbol costarricense:

  • Cambiar la dirigencia, que parece más preocupada por preservar puestos que por construir un proyecto serio.
  • Ser más exigentes con quienes llegan a la Sele: no todos merecen estar ahí por simple potencial, sino por desempeño real, constancia y carácter.
  • Volver a la mística: hacer sentir al jugador que portar la camiseta tricolor es un privilegio, no un accesorio más para las redes sociales.

La Sele necesita una sacudida. Y el país, que siempre ha apoyado con el corazón, merece volver a ver once jugadores dejando el alma en la cancha. Porque el fútbol es más que un deporte: es identidad, orgullo y pasión. Y esa pasión no se hereda… se demuestra.