Abejas “buitre” sorprenden en Sarapiquí: estudio revela especie carroñera

Un grupo de investigadoras documentó en Sarapiquí un comportamiento poco común en el mundo de los polinizadores: abejas sin aguijón que, además de visitar flores, utilizan carne en descomposición como parte de su alimentación.

El hallazgo, desarrollado en la zona norte de Costa Rica, identificó al menos 13 especies de abejas que recurren a tejidos animales en descomposición, ampliando el conocimiento científico sobre estos insectos y generando nuevas interrogantes sobre cómo se adaptan a los cambios en los paisajes tropicales.

Aunque normalmente las abejas son asociadas con flores, néctar y miel, en los bosques de Sarapiquí algunas especies han mostrado una sorprendente capacidad de adaptación. Varias de ellas visitan restos de animales muertos, cortan pequeños fragmentos de carne y los trasladan hasta sus colonias, mientras otras se alimentan directamente de la carroña.

Estas especies son conocidas como abejas necrófagas o “abejas buitre”, un comportamiento que aún sigue siendo poco comprendido incluso dentro de la comunidad científica.

La investigación forma parte del proyecto Abejas buitre en Costa Rica: detección, ecología y comportamiento, liderado por la investigadora Carolina Esquivel Dobles, de la Escuela de Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional, junto con Laura L. Figueroa Amaya, de la Universidad de Massachusetts Amherst.

Según explicaron las investigadoras, este comportamiento tendría raíces evolutivas. Las abejas descienden de avispas carnívoras y aún se intenta comprender si estas especies conservaron parte de esa alimentación ancestral o evolucionaron nuevamente hacia el consumo de recursos animales tras especializarse en el polen.

El estudio se realizó a lo largo del Corredor Biológico San Juan–La Selva, donde se evaluaron 20 sitios en distintos ambientes, incluyendo bosque primario, bosque secundario y áreas agrícolas. Como parte del monitoreo, se colocaron cebos de pollo crudo para registrar qué especies llegaban y con qué frecuencia.

Durante la investigación se contabilizaron más de 200 individuos visitando los cebos y también se documentó actividad sobre carroña natural, heces y flores.

Uno de los descubrimientos más relevantes fue comprobar que muchas de estas abejas mantienen dietas flexibles. Es decir, no abandonan completamente los recursos florales, sino que combinan polen, néctar y materia animal según las condiciones del entorno.

A nivel mundial existen únicamente tres especies consideradas abejas necrófagas obligadas, aquellas que dependen exclusivamente de la carroña. En el estudio realizado en Sarapiquí se registró una de ellas: Trigona necrofaga. El resto de especies observadas fueron catalogadas como facultativas u omnívoras, y algunas nunca antes habían sido reportadas alimentándose de carne en descomposición.

Las investigadoras señalaron que inicialmente se pensó que estas abejas recurrían a la carroña únicamente cuando las flores eran escasas; sin embargo, los resultados no respaldaron completamente esa hipótesis, pues la presencia de flores no modificó significativamente la frecuencia de visitas a los cebos.

Además, aunque la carroña podría representar un complemento alimenticio en zonas impactadas por agricultura o pérdida de bosque, la mayor diversidad de especies se encontró en áreas boscosas, lo que confirma la importancia de conservar estos ecosistemas como espacios de anidación y supervivencia.

El estudio también busca entender cómo la fragmentación de los bosques afecta a especies clave para la polinización, especialmente en un contexto donde los polinizadores enfrentan amenazas como el cambio climático, la pérdida de hábitat y la transformación acelerada de los paisajes tropicales.

La investigación cuenta además con la participación de la estudiante María Fernanda Rojas Campos, quien desarrolla su tesis de licenciatura dentro del proyecto y fue seleccionada para cursar un doctorado en la Universidad de Massachusetts sobre esta misma temática.

El trabajo de campo se desarrolla en Sarapiquí con apoyo del Refugio Lapa Verde y la colaboración de especialistas internacionales de universidades estadounidenses, fortaleciendo el estudio de un fenómeno que sigue sorprendiendo a la ciencia.

Fotografías: Randall Montoya y Laura Figueroa.

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