Editorial | La fiesta se está acabando para los lavadores de dinero de la Zona Norte

Durante demasiados años, en la Zona Norte de Costa Rica hubo una regla no escrita: todos sabían quiénes eran, pero nadie los tocaba.

Los pueblos comentaban sus nombres en voz baja. Se hablaba de las enormes fincas, de las flotillas de camiones, de las mansiones, del ganado de alto valor, de los caballos de paso fino, de los vehículos de lujo y hasta de inversiones fuera del país. La pregunta siempre era la misma: ¿cómo lograron construir semejantes fortunas en tan poco tiempo?

Mientras tanto, muchos agricultores, comerciantes y empresarios honestos seguían levantándose antes del amanecer para ganarse el sustento con trabajo, pagando impuestos y enfrentando las dificultades propias de producir en una de las regiones más importantes del país.

Ese contraste ha sido, durante años, una de las heridas abiertas de la Zona Norte.

La reciente detención de una conocida familia de Pital, investigada por presunta legitimación de capitales, no significa que el problema haya terminado. Pero sí representa algo mucho más importante: la sensación de que la justicia, por fin, comenzó a mirar hacia donde durante décadas parecía no querer ver.

Y eso cambia el panorama.

Porque el lavado de dinero no es un delito sin víctimas.

Detrás de cada colón que ingresa al sistema financiero proveniente del narcotráfico hay comunidades contaminadas por la violencia, jóvenes seducidos por el dinero fácil, instituciones debilitadas por la corrupción y economías locales distorsionadas por capitales que nunca debieron circular libremente.

Costa Rica ha dejado de ser únicamente un país de tránsito para convertirse también en un territorio donde organizaciones criminales buscan esconder y legitimar enormes cantidades de dinero mediante actividades aparentemente legales.

La Zona Norte reúne muchas de las condiciones que históricamente han resultado atractivas para estas estructuras: extensas áreas rurales, una intensa actividad agropecuaria, turismo en crecimiento, comercio fronterizo y un constante movimiento de mercancías.

Eso no convierte a la región en una tierra de delincuentes.

Al contrario.

La inmensa mayoría de quienes viven aquí trabajan honradamente y son precisamente las principales víctimas de quienes utilizan la economía formal para esconder recursos provenientes del crimen organizado.

Lo verdaderamente preocupante es que el lavado de dinero no solo compra propiedades. También compra prestigio.

Compra silencio.

Compra respeto.

Compra influencia.

Durante años hemos visto cómo personas señaladas públicamente en conversaciones de pueblo terminaban convertidas en patrocinadores de equipos deportivos, benefactores de comunidades, invitados de honor en fiestas patronales, colaboradores de iglesias o ejemplo de supuesto éxito empresarial.

Así opera el lavado de dinero.

No solo limpia billetes.

También intenta limpiar reputaciones.

El problema es que una sociedad termina acostumbrándose a admirar el lujo sin preguntarse de dónde proviene.

Y cuando eso ocurre, el crimen organizado deja de esconderse para comenzar a integrarse a la vida cotidiana.

Ese quizá sea su mayor triunfo.

Por eso resulta esperanzador que las investigaciones ya no se concentren únicamente en decomisar droga, sino también en seguir la ruta del dinero.

Porque donde más les duele a estas organizaciones no es en un cargamento perdido.

Es en el patrimonio.

Es en las cuentas bancarias.

Es en las propiedades.

Es en las empresas utilizadas para dar apariencia de legalidad a recursos obtenidos mediante actividades criminales.

Los recientes operativos desarrollados en San Carlos, Guatuso y otros sectores de la región muestran una estrategia distinta: identificar estructuras financieras, analizar sociedades mercantiles, revisar movimientos patrimoniales y atacar las ganancias del delito.

Ese es el camino.

Las organizaciones criminales pueden reemplazar cargamentos.

Pueden reclutar nuevos integrantes.

Lo que les resulta mucho más difícil es reconstruir un imperio económico cuando el Estado logra demostrar el origen ilícito de su patrimonio.

La cooperación internacional también parece estar enviando un mensaje claro.

Las investigaciones conjuntas entre autoridades costarricenses y agencias extranjeras elevan considerablemente el riesgo para quienes durante años creyeron que bastaba con invertir en fincas, ganado, turismo o transporte para borrar el origen del dinero.

Quienes todavía piensan que el lavado de dinero consiste únicamente en esconder efectivo dentro de una caja fuerte están viendo una película vieja.

Hoy las investigaciones financieras siguen transferencias, sociedades, testaferros, movimientos bancarios, bienes registrales y redes empresariales.

El dinero deja huellas.

Siempre las deja.

Naturalmente, toda persona investigada tiene derecho a la presunción de inocencia y al debido proceso. Esa garantía fortalece el Estado de Derecho y protege a todos los ciudadanos.

Pero respetar ese principio no significa cerrar los ojos ante una realidad evidente: el crimen organizado ha intentado infiltrarse durante años en sectores económicos legítimos para ocultar sus ganancias.

La sociedad tampoco puede seguir premiando la ostentación sin preguntarse por su origen.

No podemos convertir en modelo de éxito a quien acumula riqueza sin explicación razonable mientras cientos de productores honestos luchan diariamente por sobrevivir.

El dinero fácil nunca llega solo.

Llega acompañado de violencia.

De corrupción.

De amenazas.

De muerte.

Y de comunidades enteras sometidas al miedo.

La operación desarrollada esta semana no resolverá, por sí sola, el problema del lavado de dinero en la Zona Norte.

Sería ingenuo creerlo.

Pero sí marca un antes y un después.

Porque envía un mensaje que durante mucho tiempo parecía imposible escuchar: la impunidad no es eterna.

Quizá todavía falten muchos nombres.

Quizá aún existan grandes fortunas cuya verdadera historia permanece oculta.

Quizá todavía haya quienes caminen con tranquilidad creyendo que nunca serán investigados.

Pero algo parece haber cambiado.

Y cuando el Estado comienza a seguir el dinero con decisión, muchos imperios construidos sobre arena empiezan a descubrir que no eran tan sólidos como aparentaban.

La Zona Norte merece ser reconocida por el trabajo de su gente, por la fuerza de su agricultura, por su turismo y por sus empresarios honestos, no por convertirse en refugio de quienes intentan comprar respetabilidad con dinero de origen ilícito.

La verdadera riqueza de esta región nunca ha estado en quienes exhiben lujo.

Siempre ha estado en quienes construyen su patrimonio con esfuerzo, honestidad y tra

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