El exdiputado Ariel Robles compareció ante los tribunales en el proceso relacionado con una denuncia por presunta violencia política presentada contra la activista Yendry Quirós, conocida como “La Colocha”, a raíz de una polémica expresión realizada años atrás y que fue interpretada como una amenaza.
Durante la comparecencia, Robles se mostró, al menos desde una lectura política de su intervención, menos contundente de lo que suele proyectar en la Asamblea Legislativa. Ante las preguntas de la jueza, sus respuestas parecieron por momentos confusas y poco precisas, dejando la impresión de que los argumentos expuestos no alcanzaban la fuerza que se esperaba para sustentar una acusación de esta naturaleza.
El origen del proceso está relacionado con una frase coloquial utilizada por Quirós, quien habría dicho que le iba a “sacar el sirope” a Robles, expresión del habla popular costarricense que, por sí sola, no necesariamente constituye una amenaza de muerte y cuya interpretación deberá determinarse dentro del proceso judicial.
Más allá de las posiciones de cada parte, el caso genera cuestionamientos sobre la proporcionalidad del despliegue alrededor de una situación que, según se ha expuesto públicamente, se encuentra muy lejos de hechos concretos de violencia física o amenazas de muerte.
También resulta llamativo que el proceso haya sido desestimado en una etapa anterior y posteriormente retomado, llevando nuevamente a los tribunales una disputa de marcado componente político.
La imagen de Robles llegando al juzgado con chaleco antibalas, acompañado de personas que se manifestaban tanto a favor como en contra de los involucrados, añade un componente mediático a un expediente que debería resolverse fundamentalmente con pruebas y argumentos jurídicos.
Costa Rica enfrenta enormes desafíos en materia de delincuencia, narcotráfico, corrupción y violencia. En ese contexto, resulta válido preguntarse si los recursos y el tiempo del sistema judicial están siendo utilizados de la manera más eficiente cuando se llevan hasta estas instancias expresiones políticas o coloquiales cuya verdadera gravedad debe demostrarse con hechos y no únicamente con interpretaciones.
La justicia debe atender todos los casos que correspondan, pero también debe garantizar que sus recursos se concentren en aquellas situaciones que realmente representan una amenaza para la seguridad, la integridad y los derechos de las personas.
Al final, corresponderá a los tribunales determinar si existió realmente una conducta constitutiva de violencia política o si, como sostienen algunos críticos del proceso, se terminó judicializando una disputa que pudo haberse quedado en el terreno de la confrontación política.
Lo que sí resulta evidente es que el episodio ha dejado una imagen poco habitual de Ariel Robles: un político que normalmente se caracteriza por su discurso directo y contundente, pero que en esta comparecencia pareció mucho menos seguro y consistente frente a las preguntas de la autoridad judicial.
