Por un momento, la muerte de doña Lidia Vargas Espinoza, de 68 años, pareció quedar relegada a un mero trámite forense. Su cuerpo, en lugar de descansar en la paz de la tierra sancarleña que la vio nacer, permaneció secuestrado durante 18 días en un congelador de la Sección de Patología Forense del OIJ en San Joaquín de Flores. No fue la naturaleza, ni una enfermedad, ni la burocracia estatal la que prolongó su calvario; fue la despiadada disputa legal y mediática entre sus propios hijos. Un caso atípico, profundamente doloroso, que expone con crudeza la fragilidad de los lazos familiares cuando el resentimiento, los odios del pasado y las últimas voluntades se imponen sobre el amor y la compasión.
El drama de la familia Salas Vargas, que escaló hasta los juzgados de familia, la Casa Presidencial y los titulares de todos los medios nacionales, nos confronta con una verdad incómoda: a veces, los seres humanos somos capaces de convertir el duelo más sagrado en un circo mediático. La disputa por la potestad de retirar el cuerpo —con la exalcaldesa Karol Salas de un lado, y su hermano Ricardo del otro— reveló que, en el fondo, no se trataba de honrar a doña Lidia, sino de ganar una batalla ególatra. Se habló de documentos de última voluntad, de falsedades y de recursos legales, pero se olvidó lo esencial: que un cadáver es materia inerte a punto de descomponerse, y que el alma de una madre jamás hubiera querido ver semejante espectáculo de división entre sus retoños.
Faltó discernimiento y sabiduría. Faltó esa capacidad profundamente humana que los grandes filósofos y religiones del mundo han intentado explicar durante siglos. Como bien señalaba Séneca, el filósofo estoico, debemos dominar las pasiones y advertir los daños de la ira, pues perdonar es una forma de recuperar la libertad interior y no permitir que la ofensa siga gobernando nuestra vida. En este caso, la ira gobernó durante 18 días, negando el descanso a una madre y sumiendo a una familia en la ruina emocional.
El amor y el perdón han sido los ejes de la civilización. Hannah Arendt decía que el perdón permite romper la cadena de consecuencias de una acción y abrir la posibilidad de un nuevo comienzo. Sin perdón, quedamos atrapados para siempre en lo que otros hicieron. Viktor Frankl, desde el horror de los campos de concentración, nos enseñó que el amor permite reconocer la dignidad y el valor irrepetible de otra persona. Y Jesús, en el Sermón de la Montaña, fue radical: «Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen». La enseñanza es clara: el amor no ignora el daño, pero el odio no puede tener la última palabra. Buda lo resumió de forma magistral: el odio no cesa mediante el odio, sino mediante la ausencia de odio.
En el caso de los Salas Vargas, las últimas voluntades de doña Lidia —reales o interpretadas— quedaron en un segundo plano ante la sequedad de la muerte. ¿De qué sirven los papeles, las firmas y las herencias cuando lo que está en juego es el descanso eterno de quien nos dio la vida? Como bien dice el dicho popular, la ropa sucia se lava en casa. Sin embargo, esta familia optó por airear sus trapos en los tribunales, alimentando el morbo de una masa sedienta de nuevas historias, convirtiendo su tragedia en un guion digno de un programa de televisión o de un capítulo de «La Rosa de Guadalupe».
Hoy, tras la resolución judicial que otorga a Ricardo y Diego Salas el derecho de gestionar las exequias, el cuerpo de doña Lidia finalmente abandonará el frío de la morgue para recibir santa sepultura en San Carlos. Pero la pregunta que queda flotando en el aire es: ¿a qué precio? El entierro se realizará, pero la división familiar ya está consumada. Los hermanos podrán estar presentes en la ceremonia, pero el daño de 18 días de hostilidad, de acusaciones mutuas y de exposición pública ha cavado una fosa mucho más profunda que la que recibirá a su madre.
Este caso debe quedarnos como un espejo brutal de lo que no debemos hacer. El perdón y el arrepentimiento deben imponerse ante los odios y las malas deducciones del pasado. Las últimas voluntades son secundarias ante el perdón y el amor. No esperemos a que la muerte de un ser querido nos enfrente para darnos cuenta de que los rencores no valen nada.
Que el descanso de doña Lidia Vargas Espinoza nos recuerde que, al final del camino, lo único que realmente prevalece no son los documentos notariados, ni las victorias judiciales, ni las apariencias públicas. Lo único que trasciende es el amor que sembramos y la capacidad de perdonar a quienes nos han herido. Ojalá que, al cerrar el ataúd de esta madre, sus hijos encuentren en el silencio de la sepultura la fuerza para perdonarse a sí mismos y, algún día, volver a mirarse como hermanos. Porque el amor y el perdón, aunque a veces tardan, siempre deben prevalecer.
