El canto de las lapas convierte las mañanas en una fiesta de colores en Santa Rosa de La Palmera

Entre alas de colores, llamados que rompen el silencio y frutas compartidas, estas visitantes silvestres encontraron en el hogar de Marcos Campos un rincón donde cada amanecer se transforma en un pequeño milagro de la naturaleza.

En Santa Rosa de La Palmera, las mañanas tienen un sonido especial. No hace falta que suene un despertador cuando un grupo de lapas llega al hogar de don Marcos Campos para anunciar que un nuevo día ha comenzado.

Con sus plumajes de colores intensos, sus vuelos que dibujan el cielo y sus escandalosos llamados, estas aves se han convertido en visitantes habituales de la familia. Llegan temprano, como si conocieran de memoria la hora del desayuno, esperando encontrar frutas o semillas de girasol que don Marcos les ofrece con cariño.

Así, entre graznidos, aleteos y pequeños momentos de convivencia con la naturaleza, la casa se llena de vida. Lo que para muchos sería simplemente el ruido de las aves, para esta familia es una melodía cotidiana que despierta sonrisas y convierte una mañana cualquiera en una experiencia extraordinaria.

Don Marcos cuenta que las lapas aparecen a distintas horas del día, en grupos de dos, tres o hasta cuatro ejemplares. Su presencia es tan frecuente que sus visitas ya forman parte de la rutina familiar, como si estas coloridas criaturas hubieran encontrado en aquel hogar una parada especial dentro de su recorrido por los cielos de la Zona Norte.

Cada llegada trae consigo un espectáculo distinto: el movimiento de sus alas, sus voces inconfundibles y esa belleza silvestre que parece recordarles a quienes las contemplan que la naturaleza todavía guarda pequeños tesoros en los lugares más sencillos.

En el hogar de don Marcos, el desayuno no siempre se sirve en silencio. A veces llega acompañado de alas rojas, amarillas y azules, de frutas compartidas y de la alegría espontánea que solo los animales pueden regalar.

Y mientras el día despierta sobre Santa Rosa de La Palmera, las lapas continúan su ritual: llegan, alborotan la tranquilidad, reciben su alimento y vuelven a levantar el vuelo.

Dejan atrás algo más que el eco de sus llamados. Dejan la certeza de que la felicidad también puede tener plumas, colores y un canto que se repite cada mañana.

Porque hay hogares que despiertan con el sonido de un reloj, y otros, como el de don Marcos, que tienen el privilegio de despertar con la visita de la naturaleza.