Por José Luis Valverde Morales, periodista.

Edson Arantes do Nascimento “Pelé” disputa la gran final, rodeado de gente, la juega solo, el poderoso salto, virtuosismo de sus piernas, magia de cabeza, movimiento de cintura, pecho donde dormían los balones para caer rendidos a sus pies, nada pueden hacer frente a un enemigo flaco, cadavérico, con las cuencas de los ojos vacías, desprovisto de cabello, de eterna risa, a veces desdentada, canillas largas, uniforme universal hayamos tocado balón o no.

Pelé sorteó la pobreza, jugó donde lo convocaran, no rehuía ponerse la verde amarilla de la selección de Brasil o la blanca del Santos.

Igual abrazó al príncipe o al mendigo, un ser humano en la extensión de la palabra, nunca escondió su origen de tugurio, de favela empobrecida, donde comer o subsistir significan el enorme reto cotidiano.

La muerte nos aguarda a todos, parias, millonarios, gobernantes, gobernados, súbditos, reyes, mujeres, niños, seres de sexo definido o en el péndulo de la duda, inflados por el ego, humillados, ensalzados.

Después del gran partido, sudor, lágrimas, risas, alegrías, congojas, sufrimiento, gozo, acaban en las páginas amarillas del olvido.

Enfrascados en la disputa cotidiana, olvidamos la regla inmutable al momento del pitazo inicial de la contienda, la fuerte voz del arbitro universal: “polvo eres, en polvo te convertirás”.

El otrora musculoso hombre hierro, virtuoso encarador de rivales, magnánimo en el triunfo y la derrota, está solo frente al marco, el desenlace de la jugada es de todos conocida, extrañamente olvidada mientras disputamos el partido de la existencia.

José Luis Valverde Morales.