Un corredor de fe: la vida y el legado de Roberto Martínez en Aguas Zarcas

La noticia de la muerte de Roberto Martínez cayó como un viento frío entre quienes lo conocieron: no solo se había ido un hombre, sino un luchador incansable cuya historia quedó grabada en las calles de Alajuela, en el silencio de Aguas Zarcas y en los corazones que ayudó a levantar.
Roberto apareció ayer ahogado en un estanque para tilapias que tenía en casa ubicada en Garabito de Aguas Zarcas donde vivía solo.

Carlos Blanco, del Ministerio Combate, lo define con pocas palabras, pero precisas: “Mi hermano Roberto Martínez. Hermano en la fe. Hermano en la lucha”. Y quizá esa sea la mejor forma de entender su vida: una travesía marcada por la caída, la restauración y un compromiso profundo con quienes caminaban por senderos oscuros.

Roberto llegó al Ministerio Combate hace 25 años, justo cuando —según relata Blanco— el “Padre Celestial” le había entregado esa misión. También era un momento de nuevos comienzos para Roberto. Había salido del alcoholismo y de la indigencia que lo habían consumido en las calles de Alajuela. Con esa segunda oportunidad que él atribuía a la gracia divina, tomó decisiones radicales: vendió su negocio de sastrería y adquirió una propiedad de casi una manzana en Garabito de Aguas Zarcas. Ahí fundó el albergue Vida Nueva, un espacio creado para brindar restauración a personas atrapadas en adicciones.

Las instalaciones eran humildes, pero su corazón no. Roberto ofrecía el mismo regalo que había recibido: una mano firme, una palabra de aliento, y la enseñanza del Maestro de Galilea, Jesús. Muchos jóvenes pasaron por ese lugar y, quienes aceptaron su guía, experimentaron cambios profundos en sus vidas.

Desde el Ministerio Combate lo apoyaron durante años, pero la obra enfrentó una prueba dura: el cierre obligatorio del albergue por parte del Ministerio de Salud, debido a requisitos económicos imposibles de cumplir. Ese golpe le caló hondo. Vida Nueva era su misión, su identidad, su razón diaria. Le dolió como duelen los proyectos que nacen del alma.

Aun así, jamás dejó de ayudar. Aunque ya no había albergue formal, Roberto continuó recibiendo en su casa a quienes lo buscaban desesperados por una oportunidad.

La soledad se convirtió en su compañera silenciosa con el paso del tiempo. Allí encontró sombras y algunas recaídas. Pero también, una y otra vez, se levantó. “Esforzado y valiente”, recuerda Blanco. Y lo era: incluso enfrentando una enfermedad persistente, Roberto se mantuvo activo en el atletismo, compitiendo en distintas partes del país, corriendo no solo contra el cronómetro, sino contra todo aquello que quiso detenerlo.

Vivió —y murió— en la fe que predicaba, confiado en un Padre que, creía él, nunca lo soltó. Hoy, dicen quienes lo amaron, está cara a cara con el Maestro, recibiendo su recompensa celestial tras una vida dedicada a levantar a otros.

Queda su legado. Queda su historia. Y queda, también, un deseo: que la propiedad donde una vez funcionó Vida Nueva pueda convertirse en algo bueno, tal como lo soñó Roberto.

“Inesperado viaje”, lamenta Carlos Blanco, con la certeza de un reencuentro futuro: “Nos veremos, mi hermano Roberto, en la eternidad, en el Paraíso, si el Padre me lo permite”.

Mientras tanto, aquí queda su ejemplo: un hombre que luchó hasta el final, que cayó y se levantó, que corrió su carrera con fe y que dejó una huella que no se borra.