En tiempos en que no existían carreteras, puentes ni vehículos capaces de internarse en la vasta llanura norte de San Carlos, los ríos eran las verdaderas carreteras. Sobre sus aguas se escribió parte de la historia de colonización de comunidades como Pocosol, y uno de los hombres que hizo posible ese proceso fue don Pedro Sequeira, recordado como el botero que durante décadas trasladó a familias pioneras, animales, carretas y mercancías por el río San Carlos.
Don Pedro llegó a la zona procedente de Nicaragua cuando apenas tenía 17 años. Encontró en el norte costarricense un territorio de enormes retos, cubierto por bosque, aislado y con pocas vías de acceso. Sin embargo, decidió hacer de esta tierra su hogar, donde vivió hasta los 95 años y se convirtió en un protagonista silencioso del desarrollo de la región.
Su bote era mucho más que un medio de transporte: representaba el puente entre el aislamiento y la esperanza para quienes llegaban con el sueño de establecerse en Pocosol y otras comunidades fronterizas. En una época donde cruzar el río significaba un obstáculo enorme, don Pedro ayudó a cientos de colonos a trasladar sus pertenencias, ganado, caballos, carretas y provisiones para comenzar una nueva vida.
También movilizaba la famosa raíz de ipecacuana —conocida popularmente como raicilla—, producto que durante muchos años fue base de la economía en sectores del norte de San Carlos. Esta planta medicinal, utilizada por la industria farmacéutica internacional, representó una importante fuente de ingresos para numerosas familias campesinas de la zona.
La historia de Pocosol y de otras comunidades de frontera está íntimamente ligada al río San Carlos. Antes de la construcción de caminos, los pobladores dependían de embarcaciones de canalete para cruzar personas y mercaderías. Documentos históricos recuerdan que muchos pioneros debían incluso pasar sus caballos a nado para ingresar a estas tierras, donde apenas comenzaban los asentamientos humanos.

Con el paso de los años, la llegada de un ferry vino a complementar esa labor, permitiendo el traslado de maquinaria pesada que abrió trochas y caminos, facilitando posteriormente el ingreso de los primeros vehículos automotores y acelerando el desarrollo de comunidades que hoy forman parte del motor productivo de la Zona Norte.

Don Pedro Sequeira no ocupó cargos públicos ni salió en grandes titulares, pero dejó un legado imborrable. Fue uno de esos hombres sencillos cuya labor cotidiana ayudó a construir el San Carlos actual. Gracias a personas como él, muchas familias pudieron llegar, establecerse y echar raíces en una tierra que entonces parecía inalcanzable.

Hoy, al recordar su historia, también se honra a toda una generación de pioneros que enfrentó barro, ríos caudalosos y largas distancias para abrir camino al progreso.
Porque es de bien nacidos ser agradecidos. Y don Pedro Sequeira merece ser recordado.
