Escrito en el año 1990 por Evaristo Arce

Un hermoso relato de Evaristo Arce, actual regidor municipal de San Carlos, de la difíciles condiciones viales y transporte que imperaban en la comunidad del Saíno de Pital  en 1990, nos transportan a esos pueblos de  hace 30 años.  Un Relato lleno de imágenes reales con los personajes que   construyeron estos pueblos a base sacrificio y esperanza.Relato repleto de imágenes de un viaje infinito en  una cazadora destartalado desde el  Saíno  hasta Pital de San Carlos.

Relato

“Hoy tuve que salir a Pital a ser unos mandados. Siete kilómetros a pie como siempre de Castelmare hasta el Saíno. Uno sabe que salir a Pital es todo un dilema, peor de invierno.

Para empezar el “bus” llega únicamente hasta el Saino porque el mal estado del camino no le permite entrar. Las llantas de chapulines hacen pegaderos, varias cuestas tienen zanjas muy hondas, el camino casi no tiene lastre. Este viejo camino a Boca Tapada está bien feo, siempre embarrialado, lucio y resbaladizo, entre charco y charco, uno a pie busca las rondas para medio capear el barro, a veces guindado de los viejos alambres de las cercas, más ahora de invierno. Así jamás va entrar la cazadora, bueno, algún día será.

Hoy tuve que madrugar a las cuatro de la mañana. Salí caminando a pie antes de las cinco de mi casa porque el bus sale como seis y media del Saíno. Crucé el rio Tres Amigos en bote, a canalete, algo normal, pero primero hay que achicar con el guacal toda el agua caída dentro del bote por los aguaceros de la noche.

Hoy fue un día que amaneció lluvioso, caminar más de una hora bajo el agua no hace mucha gracia. Qué feo es llegar con la camisa mojada y pantalón humedecido a la cazadora, los zapatos llenos de barro, los cordones todos tiesos de lodo.

Diay, no queda más, casi sin pensarlo uno empieza a caminar mientras medio amarra un viejo plástico al pescuezo. El ruido del plástico a cada paso se entre mezcla con alguna reconocida canción silbada, entrecortada en cada cuesta para coger respiro.

En la caminata iba a paso largo para tener un tiempito antes de uno montarse al bus. Claro, es necesario bajar un poco el calor, sentarse por ahí para medio limpiar la suela del zapato y secar un poco el sudor para no subir al bus muy sudado.

La montaña de Toño Vargas es muy oscura pero ya es costumbre caminar así, mientras se va aclarando ya va uno por la cuesta de la laguna, por la calle principal. Las otras cuestas donde Chepito son más duras a pie y están horribles de barro.

A veces lo alcanza algún jinete quien baja el paso del caballo y acompaña un rato mientras cuenta un chiste conocido.

Al llegar al Saíno, uno coge el bus por la casa de Cunin, la que era de Don Eliecer y Doña Emilia. Al frente la cantina y la pulpería, muy cerca se ve la casa Mario Rojas. Por cierto, aquí cerca hay pocas casas, Chepito, Cunin, Mario Rojas, Doña Cata, Tomas Rojas y el papá de Peta.

Cuando llegué al Saino, el chofer salió debajo del viejo bus, solucionando algo mecánico, se veía algo mareado, en la frente tenía una inmensa chichota, todavía le salía sangre desde la pava hasta la punta de la nariz, “nariz número 42”, pobre Carlos.

Le pregunté que le había pasado, era sencillo imaginar, acababa de estar arreglando una llanta con un mazo del viejo bus. Pifió y pego el mazo contra la llanta, este rebotó y lo cogió centrado en media frente, frente ya con poco pelo. Arriba de los ojos le rebotó el mazo. Dice que se quedó viendo oscuro un buen rato, aún movía la cabeza como desatolondrándose.

Para no estar parado mojándome, me monté al bus a esperar. El bus era bastante viejo, sin puertas, asientos de lata, algunas ventanas sin vidrios, otras ventanas bulliciosas entre vidrio y vidrio. El piso en partes dejaba ver la calle por los huecos y las hendijas. Uno sabía en qué asientos no sentarse para que los charcos no le pringaran los zapatos durante el recorrido.

Casi a las siete ya estaba la cazadora medio llena con la gente bien sentada esperando la presencia del chofer. No cesaba una débil y permanente lluvia pelo de gato.

Al fin llego el chofer Carlos Salas, posó una mirada sospechosa sobre los que estábamos en los asientos, después con sonrisa conciliadora dijo serenamente; muchachos, a ver si me empujan el bus porque no arranca, hace días se jodio la batería y Rafél no me consigue una.

“Nos bajamos a empujar”

Aunque estaba lloviendo, todos bajamos a empujar, más de trescientos metros lo empujamos, casi llegamos a la casa de Chepito. Entre humo y humo al fin arrancó, por cierto, al motor era un estruendo, la mufla rota era un escándalo. Que la marcha de atrás le entrara fue todo un pleito, después tardó como diez minutos calentando el bullicioso motor para iniciar el recorrido.

Hay Dios, sin paja, caminaba lento lento, el camino es un brinque brinque, concierto incluido de lata contra lata. Iba tan lento que uno podía ir contando las gallinas de cada casa y cada tijo en las cercas de los potreros.

Era todo un susto pasar por los viejos puentes de tucas de madera ya podridas con huecos peligrosos. Siempre algún voluntario bajaba a dar señas de orientación para salvar el bus de no caer al fondo con todo y pasajeros. El primer puente peligroso es el de Coco Pérez, después el de Luis Pérez por donde vive Sabandija, ése está bien feo, ahí el bus se resbaló de atrás. Por dicha pasamos bien el puente de Abuela Doña Jacinta en La Legua.

La cazadora iba bastante llena, todos muy conocidos, recuerdo a Toño Araya, Colacho, doña Cata, iba Pepe Arce y doña Rosa, Toño Vargas, Cola de Congo. Por casualidad también Virula, como siempre jodiendo a todo mundo.

Una conocida señora de por acá de abajo, miraba con disimulo su vieja chancleta con la tira reventada por causa de un resbalón del camino. Con cierta pena trataba de esconder el pie debajo del asiento del bus.

Allá arriba se montó Chompipa todo señorón, también Clover Barrantes hablando de monteas. Don Audencio con sus carcajadas contagiosas acompañado de Elías Araya. Rápidamente inician los chistes y vacilones.

De lejos ya uno sabía que esperaba el bus Don Carlos Herrera, como siempre, varios sacos de pejibayes y grandes racimos enteros amarillos, rayados y apetitosos. Había que ayudarle a cargar los pejibayes. Después entre dos personas empujar a don Carlos Herrera para subirlo al bus, su avanzada enfermedad de artritis le complicaba subir las gradas. Don Carlos Herrera es un señor muy agradable, él mismo reconoce que está muy viejo, tieso y tullido. Don Relo le dio campo, de inmediato agarró semejante conversona con él. Don Relo mostraba su elegante y enroscado bigote, sombrero alineado, bien lavado con cepillo a mano de su esposa Carmen Lidia.

Yo a mis 24 años, aquí fui disfrutando en silencio todo ese vaivén dentro del bullicioso bus, de hecho, para después ponerme a escribir detalles de ese tradicional recorrido, pensando con nostalgia que ese compartir tan cotidiano entre vecinos talvez en pocos años no existirá. Por eso me gusta escribir tonteras, aquí con lapicero y cuaderno, alumbrado con candelas. Al final son bonitas historias, algún día talvez me haga escritor…

En el bus también se montó el famoso Sapa, hermano de caldo de frijol, de barbilla cerrada pero solo en la punta de la quijada y un bigote mechudo como raó d/chiza, se veía muy chistoso, algo así como para hacer el papel de algún personaje de semana santa.

Ya en La Legua el bus iba completamente lleno, ya no cabía un alma más, íbamos como sardinas pegados unos de otros porque en la entrada de Piedra Alegre se montó mucha gente. En la fila contraria de asientos, a dos espacios delante de mí, iba una pareja, hombre y mujer. El con dos camisas manga larga, una roja y otra celeste, gorra verde con amarillo, eslogan PIPASA. Ella ropa muy floja sin aplanchar, manga larga como para destusar maíz, era gordita, corta de pescuezo, muy ñata, de ojos resaltados, pelo despeinado. Él, muy flaco, flaco, pero no de hambre, se le acurrucaba debajo del sobaco, imagínese que sobaco, mostraba cierto romanticismo, ella disimulaba con ceja fruncida y mirada soñolienta.

Tres veces paró el Chofer angustiado con viejos galones a ponerle agua al radiador, el motor sobre calentaba tirando humo por todo lado. El humo se nos metía por las ventanas sin vidrios.

La cazadora poco a poco se retorcía pasando de hueco en hueco, siempre algo le traqueaba. Todo era un bullón, le suenan las latas por todo lado, al meterle una marcha le coge a un tabaquillo por minutos, le cimbran a uno las quijadas.

Carlos Salas, chofer de experiencia, según él, siempre andaba embarrado de aceite porque en ratos era chofer y en ratos mecánico de emergencia para poder terminar el recorrido.

En el bus el ruido es ensordecedor, toda la gente conversa casi a grito para oír. El chofer, seguro para librar tención intentó conversar con el pasajero don Enrique Barrantes quien fumaba un cigarrillo sin filtro, cerca venia también Chompipa, ambos se gritaron muy fuerte para poder escuchar, al final, uno no supo que le preguntó el otro, pero ambos con sonrisa desconcertada disimularon haber entendido, fue una conversación muy corta.

“Al encuentro de la cazadora”

Es bonito ver la sana costumbre de la gente, Alguien sale corriendo al encuentro de la cazadora, el chofer para, pero la persona no se monta, desde la ronda le grita al chofer; Oigaaa, que si puede hacerme el favor de traerme un kilo de carne pá una sopa, que Veinte años me lo mande, que después se lo pago… Sí, sí, ¡con gusto!, le contesta el chofer Carlos Salas, y añade: ¡claro claro! con mucho gusto, pero ya sabe, le cobro el encargo. Todos escuchamos, todos sonreímos, es que Carlitos no arrancaba pelo sin sangre…

Otro se pone de pie, se acerca al chofer y dice algo al oído, a mil costos logra entender. Al rato frena en la parte indicada, la persona baja apresurada, corre a la casa cercana. Ya uno se imagina que puede ser algún recado, recoger semilla de maíz o frijol, alguna plata que cobrar a la ligera, o simplemente una emergencia estomacal…mientras tanto chofer y pasajeros esperan pacientemente, cinco, diez minutos… y Dios guarde se apague el motor del bus, solo empujado arranca.

Yo miraba a cada rato el reloj, pero el recorrido es toda una memorable tradición. Curiosamente ya habíamos pasado la entrada de Los Ángeles y Carlos no había cobrado el pasaje. Cuando llegó a donde empieza la bajada de la quebrada el huevo, Carlos apagó el bus para empezar a cobrar el pasaje.

Exactamente debajo del viejo palo de mango donde empieza la cuesta, obvio, para después poder arrancar el bus rodado de bajada.

Con el primer pasajero se le hizo un enredo, el señor pagaba tres adultos y dos menores, Carlos contaba hasta con los dedos, miraba preocupado hacia los lados como pidiendo ayuda. Todo sudoroso pelaba los dientes, los números no le salían, medio tartamudo habló fuerte para que todos oyéramos; ¡Que tirada, que tirada, hoy no vino Aguelo el cobrador, yo como nunca cobro me cuesta mucho, algún día aprendo! El solo se daba ánimo, es que para la matemática era bien malito, al fin salió del apuro, alguien le ayudó, era siete colones más.

Ya en Pital centro, los vecinos de la bajura corren a realizar sus mandados, el tiempo es oro cuando hay que ir hasta la Villa. El bus se regresará más menos a las cuatro y media de la tarde de Pital al Saino, a veces sale más tarde, como a las seis porque la cazadora a veces llega con algo quebrado.

Al regresar le toca a uno viajar parado, todo mundo jala sacos, cajas con diario, pichingas de gasolina, canfín, rollos de alambre, pollitos en cajas, mangueras enrolladas, matas de jardín, sierras arregladas, hasta perros de cacería, de todo un poco. Regresa uno al Saino de noche… y otra vez a pie del Saino a Castelmare, de lluvia, a oscuras…camino lodoso…empezando por los charcos después de donde chepito»

Imágen principal ilustrativa de un personaje del Saíno de Pital

Evaristo Arce, escrito en el año 1990.

«Recordar es vivir.»

La imagen puede contener: Evaristo Arce, sonriendo, selfie y primer plano, texto que dice «Foto 24 años.»

El Saíno, actualmente.