Por Henry Esquivel Monge, escritor sancarleño.

La noche era oscura, como si a la tierra la cubriera un velo negro, muy pocas estrellas hacían la diferencia en el firmamento.

La calle solitaria y polvorienta, donde rompía el silencio solo  las aves nocturnas y el pasar del viento por los árboles.

Alrededor ninguna casa por kilómetros solo potreros y partes montañosas que servían de paso entre un bosque y otro.

Juan un hombre de gran estatura, delgado, siempre con su sombrero de lona y cruceta al cinto, dado al vicio de las cantinas y las mujeres bellas, caminaba en su caballo ya pasada la media noche.

En medio de aquella oscuridad, en un cruce de calle, Juan logró divisar una silueta femenina, al acercarse justo al frente de la dama detuvo su caballo y pudo observar una hermosa mujer de pronunciadas curvas, voz suave y cabello largo que cubría su rostro cabizbajo.

Juan la escucho sollozar y como buen conquistador no perdió la oportunidad de entablar una conversación. Después de preguntarle las típicas palabras de ¿Por qué tan sola? Entre otras, ella contestó que estaba perdida y no sabía cómo llegar al pueblo.

Juan, apresurado le ofreció su cabalgadura para llevarla y ella sin hacerse esperar se montó a polcas en su caballo.

Cerca de llegar al pueblo, Juan sintió recorrer un escalofrío extraño por todo su cuerpo, pero como aquella hermosa dama lo abrazaba tan fuerte que el podía sentir sus atributos femeninos rozar su espalda, no le prestó atención.

Juan estaba muy emocionado y pensaba que sería una conquista más de las tantas que acostumbraba. De repente la dama le pide un cigarrillo y el sin pensarlo, mete su mano a la bolsa de la camisa y se lo entrega, apresurado corre a ofrecer el fuego para que encienda el cigarrillo pero al alumbrar la luz del fuego el rostro de la mujer, Juan se topa con la sorpresa de su vida.

Aquella mujer bella y voz dulce de cabello hermoso y cuerpo angelical , ahora presentaba su rostro que no era más que la calavera de una yegua, sus dientes grandes y amarillentos, pegados a los huesos de la quijada y ojos de fuego unidos en sus cuencas.

Juan taloneo su caballo,  quien no espero mucho para ponerse en galope, en la que fuera su mayor carrera de toda su vida . Juan por su parte intentaba deshacerse de aquel espanto que estaba prendido a sí espalda, dando manotazos a diestra y siniestra sin intentar tan siquiera abrir sus ojos, por temor de encontrarse de frente de nuevocon tan grandes dientes.

No supo en qué momento ni dónde se quedó botado aquella aparición o si simplemente desapareció, pero se llegó a percatar que ya no estaba  tres kilómetros después al llegar frente a su casa.

Desde aquel día Juan no espera la noche y dejó de visitar las cantinas, hasta lo enamorado olvido por completo, si no fuera porque es un hombre de buena palabra nadie le creería, pero como no hacerlo, si su cambio fue repentino y duradero.

Por eso si andas como decía mi abuelo “de pata de perro y jugando de don Juan, vea lo que le puede pasar”.